11 Ene 2019

Santidad: El Fundamento de la Disciplina Eclesiástica

Por Dr. J. Alberto Paredes

Santidad: El Fundamento de la Disciplina Eclesiástica

Muchos de los estudios que existen sobre la disciplina hacen énfasis en la forma de aplicarla, y las diversas variantes que se pueden presentar. Y por supuesto, todo eso es necesario, y de hecho lo veremos más adelante. Sin embargo, creo de todo corazón, que antes de ahondar en aquellos detalles, es necesario respondernos a la siguiente pregunta: ¿Cuál es el fundamento de la disciplina eclesiástica? ¿Sobre qué verdad se construye el argumento de que debemos practicar disciplina eclesiástica?

Bueno, la respuesta es muy simple, pero a la vez, profunda en demasía: La Santidad de Dios.

La Santidad de Dios

Dios es un Dios santo. Y no sólo es un Dios santo, sino que, según el testimonio de sus propios arcángeles y como es evidenciado en Su Santa Palabra, es un Dios Santo, santo, santo. Y si no logramos comprender lo que significa la santidad de Dios, jamás entenderemos la necesidad y las implicaciones de la disciplina eclesiástica.

Para tratar de comprender la santidad de Dios relacionada a la disciplina, me gustaría repasar lo que se encuentra en la Biblia en el libro de Levítico, capítulo diez, los primeros tres versículos…

Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron sus respectivos incensarios, y después de poner fuego en ellos y echar incienso sobre él, ofrecieron delante del Señor fuego extraño, que El no les había ordenado. Y de la presencia del Señor salió fuego que los consumió, y murieron delante del Señor. Entonces Moisés dijo a Aarón: Esto es lo que el Señor habló, diciendo:

“Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado.”

Y Aarón guardó silencio.

Levítico 10:1-3 LBLA

¡¿Qué sucede aquí?!

Esta es la especie de pasajes bíblicos que en ocasiones nos sacan de nuestras casillas, pues, tras escuchar de las personas hablar sobre un Dios de amor, gracia y misericordia, de pronto nos encontramos con narraciones como ésta, donde, en una expresión de ira y justicia santas, Dios aparece consumiendo en fuego calcinante a los hijos del sumo sacerdote que Él mismo acababa de establecer. Y, ¿por qué? ¿Simplemente por ofrecer ‘fuego extraño’? Este pensamiento, equivocado, por supuesto, podría ser el primero que transite por nuestras mentes al enfrentarnos con estas narraciones, sin embargo, analicemos con detenimiento qué es lo que aquí ha ocurrido.

Los primeros ocho capítulos del libro de Levítico nos revelan una narrativa que describe con cuidado la forma en que Dios reveló a Moisés, y por supuesto, a Aarón y sus hijos, la manera precisa, paso a paso, detalle a detalle, con exquisitez y exactitud quirúrgica, cómo ellos habrían de aproximarse a la presencia de Dios. Ellos, los sacerdotes, tenían un privilegio que nadie más en el pueblo tenía, acercarse a la mismísima presencia del Santo Dios. Era Él quien les había dado este privilegio, esta gracia. Y, conociendo el pecado que existía en el corazón de todos los seres humanos, incluidos, por supuesto, Nadab y Abiú, y aún sabiendo que su pecado no desaparecía por cumplir con todas estas reglas, les había dado las instrucciones precisas para no morir ante la santa presencia abrumadora de Jehová.

Podemos ver, que en el último capítulo previo a esta terrorífica historia que recién leímos, el capítulo nueve, Moisés narra cómo llevaron a cabo al pie de la letra esta tarea de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. El capítulo nueve termina diciendo lo siguiente:

Entonces Aarón alzó sus manos hacia el pueblo y lo bendijo, y después de ofrecer la ofrenda por el pecado, el holocausto y las ofrendas de paz, descendió. Y Moisés y Aarón entraron en la tienda de reunión, y cuando salieron y bendijeron al pueblo, la gloria del Señor apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de la presencia del Señor que consumió el holocausto y los pedazos de grasa sobre el altar. Al verlo, todo el pueblo aclamó y se postró rostro en tierra.

Levítico 9:22-24 LBLA

Dios, quien justo acababa de darles, no solo toda la instrucción específica sobre la manera precisa en la que debían aproximarse a Su santa presencia, sino que también, por si todas las obras maravillosas con las que había mostrado Su poder al sacarlos de Egipto[1], y la manera atemorizante en que Su santa presencia había hecho humear el monte santo,[2]hubieran sido poco, le mostraba nuevamente Su gloria: Y salió fuego de la presencia del Señor que consumió el holocausto y los pedazos de grasa sobre el altar… Y la respuesta del pueblo fue una de temor y reverencia, adorando al SEÑOR, postrándose sobre la tierra: Al verlo, todo el pueblo aclamó y se postró rostro en tierra.

Éste es el contexto en el que los necios y arrogantes jóvenes Nadab y Abiú, habiendo atestiguado las obras magníficas y la terrible presencia de un Dios Santo, tienen la increíble idea de desobedecer a los mandatos claros y explícitos del Señor. Sin consultar a Moisés, a Aarón, y mucho menos a Dios sobre qué opinión tendría en cuanto a sus planes, ellos deciden presentarle, fuera de tiempo, sin que nadie se los pida, un ‘fuego extraño’ una forma de adoración no autorizada por Dios. Con esta acción los jóvenes estaban declarando lo siguiente: “Dios, no me importan tus reglas, te voy a ‘adorar’ a ‘mi manera’.” Esto es reflejo de un corazón soberbio, que no comprendía o tenía en poco la santidad de Dios.

Más de uno podría imaginar la respuesta de Aarón al ver esto, “¿Cómo es posible? ¿Por qué Dios? ¡Si yo te sirvo día y noche! ¡Has consumido por completo a mis hijos!”. Y es aquí donde la respuesta de Moisés debe hacer eco en nuestras mentes hoy:

Entonces Moisés dijo a Aarón: Esto es lo que el Señor habló, diciendo:

“Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado.”

Y Aarón guardó silencio.

Levítico 10:3 LBLA

Aarón guardó silencio, porque entendió que Jehová había hecho una declaración: Yo Soy Santo. Hermano amado, cuando Dios habla, como dice R.C. Sproul: la discusión ha terminado. Y Él ha hablado a través de su Palabra Santa. Luego entonces, considerando la santidad del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, que es el mismo por generaciones, inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, bondad, justicia y verdad,[3] prestemos atención a lo que Él nos dice acerca de la disciplina en la iglesia. Lo cual comenzaremos a atender en el siguiente artículo.

 

Notas:

[1] Éxodo 7:14-25; 8; 9; 10 y 11, entre otras porciones del mismo libro, son una muestra impresionante del poder y la gloria de Dios, que llevaron a temer no solo al mismo pueblo suyo, sino incluso a los egipcios.

[2] Éxodo 19:16-19 nos narra una imagen atemorizante sobre la manifestación de la presencia misma de Dios sobre el Sinaí, sobre esto, Éxodo 20:18-19 revela la respuesta reverente del pueblo.

[3] Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 3, parte II.

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Estudiante de Maestrías en Divinidades y en Estudios Teológicos del Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por su país. Promoviendo la Reforma en México, Por Su Gracia…Para su Gloria.

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