Una Cuestión Cardíaca

¿Por qué Necesitamos un Cambio de Corazón?

Una de las primeras cosas que se nos enseña en medicina cuando comenzamos a aprender cómo funciona el corazón, es que las células de éste órgano, al igual que cualquier otro músculo del cuerpo, tienen tres características principales: excitabilidad, contractibilidad, y extensibilidad. Estas tres características son las que permiten que el corazón pueda moverse. Pero ¿para qué necesitamos que nuestro corazón se mueva? Bueno, los movimientos causados por la contracción y relajación de nuestro corazón son conocidos regularmente como latidos. En esto se encuentra la importancia de un corazón con la capacidad de moverse: un corazón que no se mueve, un corazón que no late, es un corazón muerto. 

Ahora bien, ¿qué tiene que estar haciendo esta clase de fisiología cardíaca en una página sobre teología reformada? Bien, pasemos a hacer un breve estudio de un pasaje tremendamente importante para todo cristiano, Ezequiel 36:26.

‘Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

¿Qué está diciendo el profeta Ezequiel con esta frase? ¿Cómo es esto importante para nosotros hoy?

Esta frase tiene que ver con lo que llamamos en teología la doctrina de la Corrupción Radical del Hombre. Y lo que esta doctrina enseña es que, después de la caída en Génesis 3, todos los hombres, y el hombre en su totalidad (alma y cuerpo) han sido afectados severamente por el pecado, a un nivel tal, que no son siquiera capaces de desear a Dios. Parte del nombre que se le da a esta doctrina es especialmente importante para nuestro entendimiento tanto de la doctrina misma, como del pasaje en cuestión. Me refiero a la palabra Radical. La raíz de esta palabra es la palabra latina radix, que quiere decir raíz. De modo que, cuando hablamos de una Corrupción Radical, como bien mencionaba el Dr. R.C. Sproul, estamos hablando de que ¡el hombre está corrompido hasta la raíz!

Es aquí donde nuestro pasaje en cuestión y nuestra fisiología del corazón humano juegan un papel importante. 

¿Cual es la Raíz del Problema?

En el entendimiento judío del ser humano, el corazón era la base de todo deseo, pensamiento, y amor del hombre. Es decir, del corazón fluyen nuestras pasiones, nuestro entendimiento de las cosas, y nuestros amores. Esto influye totalmente en nuestra capacidad de elegir las cosas que elegimos. A final de cuentas, vamos a elegir aquello que amamos más, aquello en lo que nuestro corazón está puesto. ¿Cuál es el problema? Dios nos dice, a través del profeta Ezequiel, es que tenemos un corazón de piedra. Un corazón duro como una roca. Un corazón que no tiene la capacidad de moverse, ni de latir. Es decir, un corazón muerto. Por supuesto que el profeta no está dando una clase de cómo anatomía ni nada por el estilo, sino que tomando una ilustración de la naturaleza, nos indica que la realidad del corazón en el cual Dios no ha intervenido es una de muerte. 

¿Siempre Se Ha Creído Esto?

A través de la historia, hubieron algunas personas que no estuvieron de acuerdo con esta enseñanza. Quizá el más famoso de todos fue Pelagio, un teólogo británico del siglo IV que pensaba que no todo el corazón había sido corrompido por el pecado, sino que el hombre tenía de nacimiento un corazón vivo que podía buscar a Dios sin ayuda de la gracia de Dios, es decir, sin intervención divina. Sin embargo, San Agustín de Hipona, obispo y padre apostólico, escribió en contra de esta enseñanza ‘pelagianista’ mostrando que lo que Biblia enseña es que, después del pecado original, todos tenemos una naturaleza pecaminosa.

Esta controversia era importante en el tema de la salvación, puesto que si nuestro corazón era moralmente neutro al momento de nacer, como Pelagio enseñaba, entonces, en teoría podríamos vivir una vida perfecta que nos llevara a tener una comunión perfecta con Dios, sin la necesidad de un mediador. En pocas palabras, podíamos acceder a Dios sin la necesidad de Cristo. Por otro lado, la postura de Agustín, al proclamar la realidad de que el pecado había afectado la totalidad del ser humano hasta la raíz, entonces en primer lugar, la salvación era necesaria, y por ende, Cristo era necesario. Así pues, la iglesia reconoció la Corrupción Radical del hombre como una enseñanza bíblica, y el Pelagianismo como una herejía que debía ser condenada. Posteriormente, algunas iglesias en la historia quisieron buscar un “punto medio” en el que, “mucho del ser humano ha sido corrompido, pero no todo”. A esto se le conoce como semi-pelagianismo. Se llama semi-pelagianismo y no semi-agustinianismo, por una sencilla razón. Al final de cuentas, cuando no se abraza la doctrina de la Corrupción Radical del hombre, las implicaciones lógicas nuevamente nos apuntan a que no necesitamos a Dios para nuestra salvación, sino que ésta se encuentra “en nosotros mismos”. 

¿Qué es lo que la Biblia Enseña?

A todo esto, ¿qué es verdaderamente lo que la Palabra de Dios nos dice con respecto al corazón humano? ¿Qué es lo que nos dice acerca de la raíz, la fuente de todo deseo, amor y pensamiento? Antes de leer nuestro pasaje nuevamente, veamos algo acerca de su contexto.

En su contexto, el profeta escribe desde el exilio, es decir, no se encuentran más en la tierra prometida, y Ezequiel acaba de acusar al pueblo de Israel de su pecado diciendo que ellos mismos contaminaron la tierra que Dios les había dado debido a su propia corrupción (v.17). También dice el profeta que esto causó el furor de Yahweh contra Israel (v.18). Después continúa diciendo que es por eso que Dios esparció a Israel entre las naciones (v.19). Más adelante, dice el profeta, que es porque Yahweh tiene compasión de su propio nombre, y no a causa de nada que ellos mismos hayan hecho, que redimiría a su pueblo limpiándolos de su pecado y su impureza (v.21-25). Así llegamos a nuestro pasaje en cuestión. 

‘Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.

Parte de la redención que Dios proveerá para su pueblo implica dos acciones. La primera, quitar un corazón de piedra, inmóvil, que no late, cuyos deseos, pasiones, y amores no ven hacia Dios, quien es vida, porque es un corazón caído; un corazón de muerte. Lo segundo, es poner en su pueblo un corazón de carne. No debemos confundir aquí el término “carne” como aquel que se uso en el Nuevo Testamento para referirse a cosas carnales; sino, más bien, se está refiriendo a un corazón vivo, un corazón con la capacidad de moverse, de contraerse y de relajarse, un corazón con la capacidad de latir. Parte esencial de la redención que Dios da a los suyos es traerlos de muerte a vida.

¿Cuál es el resultado?

Lejos de las enseñanzas Pelagianistas o Semi-Pelaginaistas, de que son nuestras obras las que ganan, o por lo menos nos acercan a Dios; lo que vemos en el texto bíblico es algo totalmente distinto. Después de que Dios ha cambiado nuestro corazón de piedra por un corazón de carne, ocurre lo siguiente:

‘Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas. ‘Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.

Ezequiel 36:27-28 (LBLA)

El resultado de este cambio de corazón, sucio, muerto, lleno de inmundicia, a uno limpio, es un lugar adecuado para ser la morada del Santo Espíritu de Dios, que nos permite aceptar a Cristo sólamente, como nuestro Salvador. Y una evidencia de Su Espíritu viviendo en nosotros será, no solo la fe en Cristo Jesús, sino la obediencia a nuestro Dios por medio de buenas obras. ¿Buenas obras? ¡Claro que sí! Pero solo serán posibles después de este transplante de corazón hecho por nuestro Dios, para su gloria.

Finalmente, nuestro Dios confirma su pacto para con aquellos en quienes este cambio de corazón se ha llevado a cabo. Habitaremos en su tierra, Él será nuestro Dios, y nosotros seremos su pueblo. ¡Qué hermosa promesa! Sin embargo, es una promesa que no ganamos a través de obras, sino que Dios nos otorga a través de un cambio de corazón. ¿Demuestra nuestra vida las evidencias de este cambio? Si es así, adoremos al Señor por lo que ha hecho en nosotros. ¿O seguimos tratando de comprar las promesas de Dios? Si este es el caso, pidamos perdón por tratar de ofrecer algo a Dios de vida pura, desde un corazón de muerte e impureza. Y, con confianza nuestra confianza puesta sólo en el sacrificio de Cristo, no en nuestras propias fuerzas, pidámosle que cambie nuestro corazón. Al final, todo: redención, salvación, buenas obras, sus promesas; ¡todo es cuestión del corazón!

Escrito por Dr. J. Alberto Paredes

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Estudiante de Maestrías en Divinidades y en Estudios Teológicos del Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por su país. Promoviendo la Reforma en México, Por Su Gracia...Para su Gloria.

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