Feminismo y Evangelio: ¿Qué Tan Malo Puede Ser?

¿Es viable el feminismo dentro de la Iglesia?

Los recientes sucesos en la Ciudad de México fueron, hasta cierto punto, sorprendentes. ¿Cuándo habrían pensado nuestros abuelos, o quizá incluso nuestros padres, que un grupo formado en su mayoría por mujeres fuera de control causaría tantos estragos al patrimonio de la CDMX, que incendiarían una estación de policías, o que golpearían hombres solamente por el hecho de ser hombres y encontrarse en el lugar equivocado a una hora inoportuna, sin importar que fueran de la tercera edad? Mucho menos habrían pensado, que esta ideología denominada feminismo habría de ser encontrada aún dentro de la iglesia hoy. Pero lamentablemente, todo lo anterior es verdad.

Muchas defensoras de la ideología feminista, sobretodo aquellas que se encuentran dentro de la iglesia, protestarán diciendo que los hechos que se llevaron a cabo en esta marcha no representan a todo el feminismo actual. Nos hablarán de diferentes olas del feminismo y que lo que pasó en México no representa al feminismo en general. Aun así, debemos preguntarnos, ¿es bíblico el feminismo? Al final del día, ¿no acaso el “verdadero” feminismo busca igualdad para todos?

Antes de continuar, debo decir que es cierto que, en algunos puntos de la historia, la mujer fue maltratada sistemáticamente, o bien, no fue reconocida como igual en dignidad que el varón. Y antes de recibir cualquier crítica, reconozco públicamente que, el hombre y la mujer poseen la misma dignidad delante de Dios, pues ambos fueron creados a Su imagen y semejanza, y es en Él en quien reside todo su valor. Yo, al igual que las feministas, veo con repulsión todo efecto de la depreciación sistemática de la mujer por el sólo hecho de ser mujer. Cualquier estudiante serio de la Biblia tomará una ofensa contra la mujer (y contra cualquier persona) como una ofensa hacia el Dios a cuya imagen y semejanza fueron creadas.

Habiendo dicho esto, creo de todo corazón que el feminismo no tiene lugar dentro de la iglesia, que no se puede mantener a la vez una ideología feminista y una convicción verdaderamente bíblica, y que si se quiere lidiar con esto, debemos atacar el problema de raíz.

¿Cuál es el Problema?

¿Qué es aquello que el feminismo está tratando de resolver? ¿Qué es lo que el feminismo, al final del día, ofrece? Estas son algunas preguntas que debemos responder para darnos cuenta, no sólo de la irracionalidad del feminismo dentro de la iglesia, sino más aún, de cómo el apegarse y defender este sistema ideológico es un rechazo total al evangelio.

En primer lugar, debemos ver las cosas que tienen en común todas las olas o vertientes del feminismo.[1] Lo que tienen en común es la adjudicación al dominio histórico del hombre sobre la mujer el título del problema principal dentro del sistema en el que vivimos, la propuesta de otro sistema llamado feminismo como la respuesta autónoma a una inconformidad con el sistema previamente establecido, y la idea de que las cosas mejorarán cuando este nuevo sistema feminista sea universalmente aceptado.

Cada una de estas premisas tiene problemas particulares. Pero nos centraremos únicamente en aquellos que atacan directamente la Escritura.

Un Mal Diagnóstico

Quizá el núcleo del problema se encuentre en un mal diagnóstico. Como médico puedo decir que, si la enfermedad no es diagnosticada correctamente, podemos tener un tratamiento excelente, los mejores medicamentos, terapias y demás, y aún así el enfermo no sanará. ¡Así de importante es hacer un buen diagnóstico!

Algo similar ocurre con el feminismo. El feminismo logra reconocer en el sistema algo que está mal. En ocasiones, es cierto que las mujeres son objeto de injusticias. Sí, en ocasiones, es cierto que algunos hombres creen ser mejores por el simple hecho de ser hombres, o creen que la mujer tiene menos valor por el hecho de ser mujer. En ocasiones, las mujeres pueden ser víctimas de violencia, aún dentro de las mismas familias que deben criarlas, educarlas y protegerlas. El problema está en que este es un diagnóstico mediocre. Al problema mal diagnosticado dan los nombres de machismo, patriarcado o sistema patriarcal; mientras que la condición subyacente, el problema real, se mantiene en secreto, sin tratamiento, sin resolución. Esta condición se llama pecado.

Aunque reconozco que, existieron tiempos en que la mujer fue víctima sistemática de maltrato y humillación promovido por el sistema, no creo que exista (hoy) tal sistema. No digo que no existan víctimas de dichas cosas, sino que no es el sistema el que las promueve o permite; por lo menos, no en el papel. Pero vayamos más allá y por amor al argumento, digamos que sí, el sistema es el culpable. Pensemos por un momento: ¿Quién está detrás del sistema? El sistema no es un agente moral al que se le pueda adjudicar ninguna pena o ninguna culpa para que pague por los pecados del pueblo. Son seres humanos quienes están detrás del sistema, viviendo el sistema, permitiendo lo que el sistema permite, y promoviendo lo que el sistema promueve. Además, el día de hoy, pocos se tomarán en serio la falacia de que el sistema está compuesto por puros hombres y por esto las cosas están como están. Pero, imaginemos que es así: que las cosas están como están porque son y han sido varones los que “llevan las riendas del país”. Al argumentar que el sistema está mal porque está siendo manejado por varones, lo que estamos implicando es que el varón es más pecador que la mujer, y que un sistema propuesto por mujeres (aparentemente, menos pecadoras), sería mejor para la sociedad en general.

Al fallar con el diagnóstico del pecado, que está presente en ambos géneros por igual, lo que estamos proponiendo es que el problema de esta sociedad está en el hecho de que los varones son varones y no mujeres, y por eso hacen lo que hacen. Esto libera de responsabilidad al varón que nació varón sin escogerlo, y que solamente está actuando como un varón actúa. Por supuesto, que cuando llevamos este sistema de pensamiento a sus consecuencias lógicas, nos damos cuenta de lo absurdo que es, puesto que, al final, quedamos con una de dos posibilidades: Si la culpa es del sistema, entonces, todas las atrocidades llevadas a cabo contra el género femenino quedan sin un responsable real, algún agente moral real que pueda responder por los crímenes y las injusticias cometidas. Al final, estamos así de purísima casualidad, y las feministas se encuentran enojadas contra la historia en general, pero contra nadie en particular. Por otro lado, si decimos que el problema reside en que los varones actúan como actúan por ser varones, entonces no hay nada que se pueda hacer al respecto, no importa cuanto traten de educar a las nuevas generaciones de hombres, al final, su naturaleza “varonil” los hará volver a ponerse en contra de las mujeres, porque son varones, y es lo que hacen. (Quizá es también por esto que en su agenda está el convencer a los hombres de que pueden decidir ser una mujer). Todo esto es contrario al testimonio bíblico que nos dice una y otra vez que todos pecamos, que todos estamos destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23), que no hay justo, ni aún uno (Rom 3:10), que el problema es de todo el género humano sin distinción entre hombres y mujeres (Gen. 6:1-7), que todos estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1), y que solamente en Cristo hay redención (Jn 14:6).

El Problema de la Autonomía

El feminismo surge como una respuesta autónoma a una inconformidad con el sistema establecido. Nuevamente, no quiero decir que aquellas cosas contra las que el feminismo pretende luchar no existen. He otorgado estas terribles realidades (hasta cierto punto). La inconformidad contra un sistema que demerita y desprecia a las mujeres puede (y debe) ser una inconformidad santa, que provenga de un correcto entendimiento bíblico, basada sobre todo en nuestra comprensión de lo que significa ser creados a imagen de Dios, más que del falso valor que nuestro género, cualquiera que este fuere (hombre o mujer), nos profiere. El problema está cuando nuestra respuesta ante esta inconformidad es una respuesta autónoma en vez de una respuesta piadosa y dependiente de Aquél que tiene el poder para restaurar las cosas. Existe un problema cuando, en vez de voltear a ver al Dios que presta ayuda a los débiles, a los oprimidos, y a los humildes, aquellos que están siendo oprimidos se creen fuertes en sus propias fuerzas y sabios en su propia opinión, con lo que orgullosamente desechan el consejo de Dios que se encuentra en Su Palabra revelada para intentar hallar una especie de liberación por sus propios medios.

En vez de clamar a Dios, claman a sus similares. La autonomía que se encuentra en el pensamiento feminista es una que el Señor rechaza a la luz de Su Palabra. Un ejemplo de esto es Ester. Su pueblo se encontraba en una situación de debilidad, de opresión, pero lejos de creer en sus propias fuerzas y virtudes para convencer al rey de hacer algo para mejorar su situación y la de los judíos, ella pidió encarecidamente a todo su pueblo orar y ayunar para buscar el favor de Dios. Sin embargo, creo que no hay mejor ejemplo de alguien humilde, rechazado, oprimido sistemáticamente, y débil en su cuerpo de hombre con la encarnación que nuestro Seño Jesucristo, y Él, siendo Dios, no buscó alzar una revuelta contra el sistema opresor en el que vivían sus seguidores. Sino que, en humildad, se entregó hasta la muerte, y lo hizo en dependencia total del Padre. Además de esto, tenemos la condenación de Dios contra el pueblo de Israel cada vez que, en su autonomía, rechazaban la idea de clamar a Dios por ayuda ante la opresión de otros pueblos, y en vez de esto buscaban su refugio en alianzas terrenales. Los profetas acusaron al pueblo de Dios en múltiples ocasiones de confiar más en ellos mismos que en Él para salvación. Es en este contexto que el profeta Jeremías escribe:

Porque dos males ha hecho mi pueblo:
me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas,
y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua.

Jeremías 2:13 LBLA

La autonomía que busca en la instalación del sistema feminista una respuesta válida contra la opresión, al igual que la autonomía del pueblo de Israel, rechaza la idea de confiar en Dios y clamar a Él para salvación, y busca proponer por sus propios medios algo que solucione sus problemas. Dios rechaza esta manifestación de orgullo y soberbia.

Falsas Esperanzas

Si bien un mal diagnóstico es el núcleo del problema del feminismo, creo que no hay problema más serio que aquél que se expondrá a continuación: El feminismo es un falso evangelio.

Las similitudes entre el feminismo y el evangelio son impresionantes. Ambos nos dicen que tenemos un problema serio. Ambos nos dicen que algo tiene que hacerse al respecto. Ambos nos ofrecen una solución y prometen esperanza a cambio de una sumisión total. Pero es precisamente en este tercer punto donde el feminismo y el evangelio difieren tanto como es posible.

Mientras que el feminismo nos seduce con la idea de que está en nosotros cambiar las cosas, el evangelio de nuestro Señor nos recuerda que estamos muertos en nuestros delitos y pecados. Y mientras que el falso evangelio del feminismo se presenta a sí mismo, como el redentor de la sociedad, aquél que traerá el verdadero cambio que tan desesperadamente necesitamos, el evangelio de Cristo nos ve en nuestra miseria, y por pura gracia ofrece salvación a los humildes, liberación del pecado, y vidas transformadas, sólo a través de el único Redentor que es Cristo Jesús. El feminismo dice querer “liberarnos” de la esclavitud de un sistema opresor para someternos a la suya por la fuerza, el evangelio nos libera con amor del pecado, nos hace hijos cuando antes éramos enemigos, y nos convierte en coherederos con Cristo, ciertamente una sumisión total al Rey de reyes es esperada, pero esta fluye del amor que hemos experimentado y que sentimos para con nuestro Dios.

Es precisamente ese amor que experimentamos a través del Espíritu Santo, habiendo sido elegidos por el Padre, y redimidos mediante el Hijo, que nos capacita verdaderamente para hacer algo que sí puede cambiar al mundo: predicar el evangelio de Cristo, que transforma vidas. No es que el cristiano deba quedarse cruzado de brazos ante las injusticias, sino que, entendiendo la obra de Dios en sus vidas, esto lo lleva a la acción desde las trincheras más al frente de la batalla, ayudando a los necesitados, ministrando a aquellos que son tratados injustamente, siendo sal y luz verdadera en un mundo lleno de engaños y falsas esperanzas, y en todo, dando la gloria a quien la merece: Cristo Jesús. Mientras que el feminismo nos sienta a nosotros en el trono, el evangelio sede este lugar a quien verdaderamente pertenece.

Es por esto por lo que el feminismo, sin importar la ola que represente, es una afrenta directa al evangelio de nuestro Señor. El feminismo viene a tomar el lugar que le corresponde a Cristo. Aquél que fue digno de abrir el rollo y romper los siete sellos, Aquél que inspiró un cántico nuevo de alabanza y adoración, Aquél que se hizo hombre y vino a vivir la vida perfecta que los pecadores no podíamos vivir, y que vino a morir en lugar de su mujer amada: la iglesia, no fue el feminismo, ni una feminista, fue Cristo Jesús (Apoc. 5:1-14). Este es el verdadero evangelio, y cualquier cosa diferente, y cualquiera que predique otro evangelio, nos dice el apóstol Pablo que sea maldito (Gal. 1:6-9).

No es evangelio mas feminismo. No es evangelio mas nada. Aquél que le quiere sumar al evangelio, termina por mostrar cuán poco valor tiene el sacrificio de Cristo para él. Los problemas con los que el feminismo intenta luchar pueden ser reales, existen tragedias terribles, misoginia, machismo, violaciones, injusticia, y muchas cosas que no podemos ni siquiera comenzar a imaginarnos. Pero esto no será resuelto con marchas pacíficas, o adoctrinamiento paulatino, mucho menos con grafitis, incendios y violencia. Dios, en su gracia y misericordia no nos ha dejado solos frente a estos problemas. Nos ha dado a Cristo, quien ha vencido sobre el pecado, y quien nos ha librado de la muerte y su aguijón. No tenemos que valernos de nuestras propias ideas para lidiar con el problema del pecado, sólo reconocer a Cristo como nuestro Señor y Salvador. Al hacerlo, al experimentar este amor tan grande, esta riqueza de la gracia y la misericordia de Dios, y someternos al Señor en la tarea de compartir el evangelio a otros nada, nada más es necesario.

[1]Las diferencias son problemas que tienen que resolver aquellos que desean adjudicarse el nombre de feminista, y no quienes rechazamos totalmente dicho sistema.

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