Repensando las Relaciones

El amor, enamorarse, perder la cabeza, tener a alguien que te ame es algo bello y deseable para muchos. Encontrar a alguien que sea capaz de estar contigo por el resto de la vida es sin duda una alegría rebosante. Nosotros vivimos en una cultura bastante llena de romance, tenemos películas, canciones, videos, sobre parejas, amoríos y sexo.

El tema del amor y las relaciones es bastante amplio, este artículo no pretende decirte cómo llevar una relación ni te dará reglas o mandamientos para ello. Más bien te invita a hacer una reflexión: ¿y si las relaciones no son lo que pensamos y mas bien necesitamos repensarlas?

Una base para ver el amor de pareja es la cosmovisión bíblica. En un contexto saturado de romance, no es extraño encontrarnos deseando (mientras más adultos nos hacemos) tener una pareja y tal vez en casarnos. No obstante también he de mencionar que hay quienes no tienen ese interés en su vida.

Estar enamorado nos traslada a otro mundo, parece que “todo es bello y alegre a nuestro al rededor”, sentimos que “la vida no podría se mejor” ya que estás con aquella persona que te gusta y de la cual te vas enamorando cada día más. También nos hace ser distintos y atrevernos a realizar actos que jamás pensamos o dijimos hacer. ¡Qué más puedo decir, es algo asombroso!

Ahora bien, lejos de todo el romanticismo y las mariposas en el estómago, el precio que tienes que pagar para poder llevar una relación en su máxima representación es muchísimo más grande del que piensas.

Todos quieren experimentar el sentimiento que trae el romance; pero pocos saben el coraje y fortaleza que lleva el compromiso de negarse a uno mismo y dar la vida por el otro. Entender el amor genuino va más allá de un simple placer, el amor verdadero trasciende y te guía hacia lo eterno. Estamos diseñados para tener una relación, pero una relación con el Creador y solo ésta nos permitirá amar y ser amados de verdad, con pasión, paciencia y fidelidad.

Si supiéramos y creyéramos lo que Dios dice acerca del amor, buscar una pareja sería quizá lo último que haríamos, o al menos tendríamos mucho más cuidado a la hora de entrar en una relación. Dios nos creó seres adoradores, seres sociales y con deseos sexuales hacia el sexo opuesto. Él no se tapa los ojos o se ruboriza cuando tenemos estos deseos y sentimientos. Pero tuvo un propósito para hacernos con estas características. Él nos diseñó para que nos uniéramos en matrimonio con el fin de darle a Él la gloria y gozar esta bendición; pero hubo un problema, el pecado, el cual vino a interrumpir con ese maravilloso plan de amor mutuo y sin reproche.

El pecado es el causante de múltiples y graves consecuencias que experimentamos hoy en día en nuestras relaciones, tanto de amistad como de pareja. El pecado no solo hizo que sintiéramos vergüenza entre nosotros mismos, sino que rompió nuestra adoración y culto hacia Dios, el pecado causó que pensáramos en nosotros mismos y no el otro. El pecado hizo que surgieran en nosotros todos los problemas con las relaciones.

Creo que al menos en un sentido consciente todas las parejas anhelan una excelente comunicación y unidad; al no ser ésta una realidad buscamos en lugares externos la manera de arreglar todos los conflictos que se suscitan por no tenerla. Sin embargo, el corazón de los conflictos radica en nuestros deseos. Por lo tanto, tapar con curitas los problemas no blindará la relación.

Anhelar pasar tiempos hermosos con el otro es válido, es bueno y natural, pero si no nos encontramos luchando con nuestro propio pecado, es decir, con nuestro egocentrismo, el cual nos coloca en la posición número uno en nuestro corazón, definitivamente no podremos otorgarle a la otra persona un amor genuino que por consecuencia le traerá bendición.

Seamos honestos, todos anhelamos un cierto grado de placer al entrar a una relación amorosa, queremos pasar buenos momentos con nuestra pareja, desde contemplar un bello atardecer hasta estar en la intimidad, lo cual no es malo; pero se convierte en una maldición cuando hacemos todo esto sin buscar primero hacer la voluntad de Dios, la cual consiste en hacer todo como él dice en su Palabra, lo cual significa obedecer sus preceptos no solo relacionados con “una relación”, sino con todos los mandatos que nos ha dado para vivir en este mundo piadosamente, cosa que nos llenará de plenitud y le dará la gloria a Él.

Cuando entras a una relación en la que no hay un enfoque verdadero del amor sacrificial, lo primero que obtendrás de tu pareja es una demanda de tu toda persona, de tus decisiones, de tal manera que se cumplan sus deseos a como de lugar. Lo peor es que como personas pecadores, es difícil vernos a nosotros mismos con el mismo deseo; a veces por querer conservar a esa persona hacemos y le damos todo lo que desee, o a veces y al mismo tiempo exigimos lo que nuestro corazón desea. De manera que si no estamos dispuestos a morir a nuestros deseos egoístas, si no estamos dispuestos a buscar la santidad de la otra persona, entonces nuestras relaciones carecerán de fuerza, y estarán destinadas al fracaso.

La santidad y la pureza tienen que ser dos estandartes que sostengan tu relación, ya que si el pensamiento es “no importa perder la pureza, de cualquier modo nos casaremos”, es un pensamiento bastante corto, pues la pureza no es algo que Dios pida solo por un breve tiempo estando “enamorados”, sino que la deberán llevar consigo hasta el matrimonio y conservarla hasta que la muerte los separe. Quizá desgraciadamente (para nosotros los pecadores), pero la pureza no es solamente no tocar, no mirar, no hacer, no pensar; por supuesto, es parte de ella, es una serie de “limitaciones”; sin embargo, se trata de un cuidado, cuidar el “lecho sin mancilla” significa literalmente cuidar que la cama no tenga mancha alguna, por supuesto que es una metáfora, y no se refiere a la mancha natural de los esposos cuando llegan a la cama, está hablando de las manchas externas que han quitado todo lo puro y perfecto que pudiera ser una relación única entre el esposo y la esposa, una relación con fidelidad y santidad, conforme a lo que Dios establece.

Por lo tanto, si eres un joven que ya tiene una pareja o está en medio de una relación amorosa, hazte una pregunta importante: ¿está mi relación llevándome a la santidad o a la desobediencia?, la respuesta dará pie a saber si estás en obediencia a Dios, buscando el amor verdadero y sacrificial que Cristo manifestó a su Iglesia, o si estás en una relación que solo piensa en el individuo y los deseos egoístas, que entonces terminará colapsando y dándote tropiezos y desdicha mientras dure. Me parece que nadie quiere terminar mal cuando inicia una relación.

Por lo tanto, una relación de amor es un regalo que Dios da a quién Él quiere, para glorificarlo  y para gozar de Él, mostrando que ese regalo no es más importante que aquél que te la dio, “Quien halla esposa halla la felicidad: muestras de su favor le ha dado el Señor”. (Proverbios 18:22). Quien busque su vida la perderá y quien la pierda la encuentra (Mateo 10:39). Dios es el único que nos puede llenar de gozo, el cual te permitirá amar y ser amado; por lo tanto los deseos románticos estarán en tu corazón con un buen balance. Los buenos sentimientos serán producto de la sincera obediencia a Dios, y entonces, solo entonces podremos sonreír profundamente sabiendo que estamos camino al amor genuino, que un día experimentaremos en su totalidad cuando Cristo vuelva.

No digo que esto sea fácil, yo misma lucho en mi corazón por hacer realidad esta verdad en mi vida, por creerla y obedecerla. El mundo nos engaña, nos promete felicidad con el romance y el sexo sin control, pero el fin es la muerte. Lo he experimentado, vivir fuera de las normas de Dios trae desdicha, deshonra, vergüenza y profunda tristeza. Por lo tanto, vale la pena luchar por mantener la pureza sexual en nuestro corazón, eso sí que trae paz duradera.

Hay un novio en la Escritura, es Cristo, y la Iglesia lo espera, nosotros lo esperamos, en pureza y santidad; cuando Él venga será el principal actor de la escena más importante de los humanos, el clímax de una relación sin mancha, ¡eso sí que será pureza! Participaremos con Él en la eterna gloria, y donde no habrá casamiento sino algo mucho más fuerte y perfecto: el amor suficiente de nuestro Señor, el Yo Soy. Precisamente a ésto debe apuntar cada relación de amor y si no es así, entonces deberíamos re-considerarla. Porque si no vivo para Dios, entonces estoy viviendo para un ídolo.

Amigos y hermanos, el tema de las relaciones es muy amplio y controvertido entre los mismos cristianos; pero la Escritura nos apunta a pensar más en Cristo que en las bendiciones que podamos tener en este mundo. ¡Cuán difícil, pero cuánto gozo es permanecer con la mirada en el cielo! Tener presente que somos peregrinos en este mundo, que fuimos enviados para servir y no para ser servidos. Que no se trata de nosotros sino de Jesucristo. Pero pensar en ello es una manera de repensar las relaciones.

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