¡Santo, Santo, Santo!

Si existe un atributo de Dios en el que la escritura haga especial énfasis éste es Su santidad. La santidad de Dios, es como muchos saben, el único atributo que es elevado a su máxima potencia literaria en la escritura. Vemos esto en textos como Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8 donde se presentan seres angelicales, que en una actitud de total temor y reverencia hacia su creador, dan voces cantando Santo, santo, santo es el SEÑOR.

Pero, ¿Qué es en realidad la Santidad de Dios? ¿Por qué es tan relevante para nuestras vidas?

Podemos describir la santidad de Dios desde dos perspectivas, ambas reales y necesarias.

  1. Singularidad: También llamada, su “otredad”, esto quiere decir que Dios es un Ser de un orden completamente distinto, y único. Dios es creador, el es origen, es un Ser independiente, no necesita de nada ni de nadie, sino que existe en Sí mismo, Su poder, sabiduría, amor, y demás atributos no tienen comparación. La palabra hebrea para santidad (qadosh:קדוש), nos da la imagen de algo que es tomado aparte, separado de un grupo, distinto al resto. Dios, en este sentido, es un Ser completamente aparte, no porque no se relacione con su creación o porque nos haya dejado abandonados, sino porque no existe nada que pueda ser comparado con Él en todo el esplendor de Su majestad. Si, es cierto que hemos sido creados a Su imagen y semejanza, pero esto no quiere decir en ningún momento que somos iguales a Dios en ningún sentido, sino que, por gracia, Él ha decidido reflejar en nosotros algunas de sus características, y con cierto límite. Dios deja esto claro en pasajes como 1 Samuel 2:2 e Isaías 57:15 entre otros. E incluso establece que Él es diferente a todas las otras representaciones de deidad que el ser humano pueda producir en pasajes como:

¿Quién como Tú entre los dioses, oh Señor? ¿Quién como Tú, majestuoso en santidad, Temible en las alabanzas, haciendo maravillas?

Éxodo 15:11  [LBLA]

Dios es único, un Ser singular, aparte, sin comparación en la totalidad de su gloria.

2. Pureza: El otro aspecto de la santidad de Dios tiene que ver con el hecho de que Él no tiene relación alguna con la maldad. Dios no puede ser afectado, manchado o corrompido por el pecado. A diferencia de otras deidades de otras culturas, el Dios bíblico establece claramente que Él no tiene ninguna relación con la maldad, Él es puro desde la eternidad y por la eternidad. Lamentando el pecado del pueblo el profeta Habacuc dice lo siguiente:

Son tan puros tus ojos que no puedes ver el mal…

Habacuc 1:13a [NVI]

Otras versiones mencionan que Dios, a causa de su pureza, no tolerala maldad. Además, Santiago nos dice en Santiago 1:13, que Dios “no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie…” También el Salmo 5 en los versículos 4 al 6 nos da luz sobre la relación que Dios tiene no solo con el mal, sino con quienes lo hacen, diciendo;

“Tú no eres un Dios que se complazca en lo malo; a tu lado no tienen cabida los malvados. No hay lugar en tu presencia para los altivos, pues aborreces a todos los malhechores. Tú destruyes a los mentirosos y aborreces a los tramposos y asesinos.”

La Biblia es clara en este aspecto de la santidad de Dios. Él es absolutamente puro, aborrece el pecado y a quien lo practique.

Ahora que tenemos una pequeña perspectiva bíblica de lo que es la santidad de Dios, veamos cómo nos afecta, o bien, ¿por qué esto es tan relevante para nosotros?

El peligro de no ser santos.

Un Dios Santo representa un peligro mortal para una criatura no-santa. Por principio, hemos visto que Dios no tolera el pecado y no pasará por alto la maldad. El problema es que todos y cada uno de los hombres ha cometido pecado, una “traición cósmica” contra el Creador. Por tanto, cada hombre que ha pisado este planeta merece la justicia de Dios, y la paga del pecado, que es la muerte. Podemos leer en historias como la de Isaías y la de Pedro, que, al darse cuenta de la santidad divina, reconocen estar en peligro;

¡Ay de mí! ¡Soy hombre muerto! ¡Mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos, aun cuando soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios también impuros!

Isaías 6:5 [RVC]

Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: “¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”

Lucas 5:8

También Dios mismo, en su gracia, advierte a Moisés de no acercarse demasiado a la Zarza Ardiente, y al pueblo de Israel a no tocar ni siquiera el borde del monte santo para no morir.

Dios nos manda a ser santos.

Él nos manda a reflejar Su santidad, a estar apartados de esta cultura decadente de pecado en la que vivimos, para vivir consagrados a Él. Nos manda a buscar continuamente apartarnos del mal y del pecado. Lo que es más, no solo nos manda a no participar de la cultura pecaminosa en la que vivimos, sino a transformarla para Su gloria. Y la razón es simple:

“Porque Yo soy el Señor su Dios. Por tanto, conságrense y sean santos, porque Yo soy santo. No se contaminen… Porque Yo soy el Señor, que los he hecho subir de la tierra de Egipto para ser su Dios; serán, pues, santos porque Yo soy santo.”

Levítico 11:44-45

Nuestra necesidad de ser santos.

Hemos visto que la santidad de Dios es mortal para criaturas no-santas, y que, además, por si esto fuera poco, Dios explícitamente nos manda a ser santos. La consecuencia de no ser santos es la muerte. Cuando Pedro e Isaías experimentaron la santidad de Dios frente a frente sucedió algo, ellos se dieron cuenta de su necesidad de ser santos y al mismo tiempo de su incapacidad para serlo. Reconocieron que estaban perdidos a causa de su pecado. Así, pudieron darse cuenta de su necesidad de salvación. Nuestra respuesta natural ante cualquier peligro es alejarnos, pero al mismo tiempo, el entendimiento de la santidad de Dios nos hace reconocer nuestra necesidad de ser santos. Como Pedro en un inicio, la realidad es que nosotros también desechamos la santidad de Dios, nos asusta, la encontramos incómoda porque nos muestra la terrible realidad de la condición del corazón humano, pero abrazarla es necesario para entender nuestra necesidad de salvación.

Ahora bien, no solo nosotros, hombres, somos conscientes de nuestra necesidad y al mismo tiempo, nuestra incapacidad de ser santos. Dios también es consciente. Y en un ejercicio completo de Su santa justicia, pudo habernos condenado a todos a causa de nuestra maldad. Pero la misma santidad de Dios, que nos condena, es aquella que nos brinda esperanza. Porque resulta no solamente en una justicia santa sino en gracia y en misericordia, no solamente en ira y condenación, sino en amor y perdón. En Su santidad, y para Su gloria, Dios envió a su único Hijo, Cristo Jesús, quien vivió la vida de santidad que nosotros no pudimos vivir. Él bebió la copa de la ira santa de Dios, para satisfacer la justicia que el pecado de su pueblo exigía, de manera que quienes ponemos en Él nuestra confianza, nos es contada la vida de Cristo como propia, y Su muerte como pago por nuestro pecado. Tanto Isaías como Pedro pudieron experimentar esta gracia. Y al hacerlo, al experimentar el perdón y el amor de Dios, sus vidas fueron transformadas. Lo que en un inicio fue una respuesta desoladora, de rechazo y sin esperanza, cambió a una disposición completa de entregar sus vidas a su Salvador.

…“Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado.” Y oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” “Aquí estoy; envíame a mí,” le respondí.

Isaías 6:7b-8

Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres.” Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, siguieron a Jesús.

Lucas 5:10-11

Para los que estamos en Cristo, la santidad de Dios representa ahora bendición y no condenación. Para quienes estamos en Cristo, la santidad de Dios representa vida y no muerte. Para quienes, en Cristo, hemos experimentado el amor y la salvación de Dios, ahora el mismísimo Espíritu de Dios vive en nosotros y nos habilita para vivir en santidad. En Cristo somos capaces de vivir una vida consagrada al Señor, desde cualquiera que sea nuestro trabajo, situación, o círculo de influencia. Podemos ahora vivir vidas que se alejen cada vez más del pecado y la maldad, y que influyan y transformen la cultura en la que vivimos, glorificando así cada vez más a nuestro Santo Dios.

Pablo, sabiendo esto, le escribe a la iglesia en Tesalónica;

Que el Señor los haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos, como también nosotros lo hacemos para con ustedes; a fin de que El afirme sus corazones irreprensibles en santidad delante de nuestro Dios y Padre, en la venida de nuestro Señor Jesús con todos Sus santos.

1 Tesalonicenses 3:12-13

Ahora podemos cantar;

¡Santo, santo, santo!

La gloria de tu nombre

Vemos en tus obras

En cielo, tierra y mar.

¡Santo, santo, santo!

Te adorará todo hombre,

Dios en tres personas, bendita Trinidad.

Amén.

Escrito por Dr. J. Alberto Paredes

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Estudiante de Maestrías en Divinidades y en Estudios Teológicos del Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por su país. Promoviendo la Reforma en México, Por Su Gracia...Para su Gloria.

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